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CAPACITACION EN COSTOS Y GESTION

Los pros y contras de tener un ex jefe vitalicio

Tras jubilarse, muchos altos ex ejecutivos mantienen una oficina en la sede de la firma. Un desperdicio, según los críticos.

LARRY KELLNER, presidente ejecutivo de Continental Airlines Inc., quería discutir sobre la consolidación de la industria con un experto. Así que, el mes pasado, tomó un ascensor y subió 23 pisos hasta el despacho de su predecesor, Gordon M. Bethune.

Bethune recuerda haberle recomendado a Kellner que, en vista de la oferta hostil de US Airways Group Inc. por Delta Air Lines, tuviera sus defensas preparadas. A través de un portavoz, Kellner no quiso hacer comentarios sobre la conversación pero confirmó que él y Bethune “siguen manteniendo una estrecha amistad personal”.

Que las compañías ofrezcan a sus ex directivos la cortesía de una oficina y asistente —a veces de por vida— es una práctica común. Pese a que muchos presidentes ejecutivos prefieren los campos de golf tras jubilarse y deciden no volver a pisar la oficina, un número sorprendente de ellos opta por seguir estando activos en la compañía.

Procter & Gamble Co. cuenta con tres presidentes ejecutivos retirados en su casa matriz. A.G. Lafley, el líder actual, recurre a los consejos de al menos uno de ellos cada trimestre. Lee R. Raymond aún ocupa el despacho central que tenía antes de renunciar como presidente ejecutivo y miembro de la junta de Exxon Mobil Corp. a finales de 2005. Su sucesor, Rex Tillerson, fue alojado en otra oficina en la misma planta de la sede de Texas.

Raymond recibió el año pasado un salario de US$1 millón por ejercer como consultor. Los defensores de esta práctica aseguran que les otorga a los ejecutivos una vía de fácil acceso a la experiencia y memoria institucional de sus predecesores.

Sin embargo, los críticos consideran que la medida desperdicia el dinero de los inversionistas. Un documento enviado a los accionistas establece que el costo de la oficina de Raymond y su asistente administrativa es de unos US$200.000 al año. Una vocera de Continental no quiso hacer comentarios sobre los costos del espacio laboral que ocupa Bethune.

“No hay un presidente ejecutivo saliente en una empresa que cotice en bolsa que no pueda permitirse su propio despacho y personal de apoyo”, sostiene Nell Minow, editora de Corporate Library, una firma de investigación de gobierno corporativo en Estados Unidos.

Al quedarse en la compañía una vez que su mandato ha terminado, muchos de estos altos ejecutivos interactúan con la gerencia actual en formas que varían en función de sus personalidades y el perfil de las empresas.

Algunos candidatos a la presidencia ejecutiva no están demasiado entusiasmados cuando se enteran de que su predecesor jubilado va a estar en la misma sede, explican algunos reclutadores.

Preferirían “ser capaces de trabajar sin tener al ex presidente ejecutivo constantemente supervisando cada cosa que hacen”, dice Gerard Roche, miembro de la junta de Heidrick & Struggles International Inc., una firma de cazatalentos.

Bethune, de 65 años, renunció en diciembre de 2004 a la presidencia de Continental tras estar 10 años en el cargo. El ex mecánico es venerado por muchos trabajadores de la aerolínea por evitar que la compañía cayera en bancarrota a mediados de los años 90. Muchos empleados lo saludan por su nombre de pila cuando se lo encuentran por los pasillos de la sede de la compañía en Houston. Bajo su acuerdo de jubilación, Continental le garantizó un despacho y una secretaria por una década.

Bethune sigue jugando un papel importante en la industria. Poco después de su reciente charla con Kellner, fue contratado como un consultor por los acreedores de Delta, la cual está operando bajo la protección por bancarrota.

Durante sus frecuentes almuerzos con otros ejecutivos de Continental, Bethune insiste en que apoya a Kellner. Cuando los miembros de la plantilla de vuelo y los agentes de aeropuerto se quejaron ante él por los recortes que había impuesto Kellner, contestó: “Si yo hubiera estado aquí, hubiera hecho lo mismo”.

POR JOANN S. LUBLIN - THE WALL STREET JOURNAL
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