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Los derechos de autor y los dilemas de la música digital

En una reciente carta, Steve Jobs, el creador de Apple y líder del mercado de la música digital, sacudió al mundo de la música de los próximos años con sus reflexiones. Aquí, un análisis y nuevos interrogantes.

La inusual aparición en la página web de Apple de un texto firmado por Steve Jobs bajo el título Reflexiones sobre la música digital ha reabierto la discusión acerca del futuro de la industria discográfica en un mundo donde todo gira alrededor de internet. Según Jobs, el sistema anticopia llamado Fair-Play, que Apple utiliza en su servicio de descargas iTunes, es una exigencia de los sellos discográficos. Sugiere, sin decirlo abiertamente, que Apple podría renunciar a ese sistema, o al menos atenuar sus restricciones, si las discográficas estuvieran de acuerdo.

Esta táctica permite a Jobs cubrir sus reflexiones bajo el manto aparente del interés de los consumidores. Pero, comenta Don Huesman, profesor de la escuela de negocios Wharton, "si Steve quisiera realmente hacer algo revolucionario, debería empezar por estandarizar FairPlay, cediendo licencias al resto de la industria, en lugar de mantenerlo como un coto cerrado".

Hasta al último consumidor de música digital, incluidos los que no hacen descargas no autorizadas, le disgusta que una tecnología habilite determinados usos (descargar canciones en un iPod) mientras bloquea otros (copiar esas canciones en otro dispositivo). Esta tecnología anticopia se conoce genéricamente como DRM (Digital Rights Management) y aunque se supone que tiene el propósito de impedir la piratería, en la práctica es un incordio para quienes nada tienen de piratas. Más aún: está probada su ineficacia para detener el flujo de música que circula por internet a través de programas de intercambio de ficheros, y sin embargo, se mantiene. Su futilidad ha sido un tema recurrente de discusión entre los asistentes al salón profesional Midem, a finales de enero, sólo unos días antes de que Jobs comunicara al mundo sus reflexiones.

La tienda on line de Apple, iTunes, domina abrumadoramente las descargas de pago, con un 72% del mercado mundial, lo que la convierte en el cuarto (o el tercero, según otras métricas) minorista de música en cualquier formato. Sólo uno de sus rivales en Estados Unidos, eMusic, se acercaría al 10%, perseguido por un pelotón que no consigue recortar distancias. Pero el negocio de Apple no está en la venta de música (2.000 millones de canciones en total), sino en la venta de hardware: ha vendido más de 70 millones de unidades hasta la fecha. Entonces, es lógico interrogarse sobre las razones por las que Jobs ha querido agitar las aguas en torno a su sistema anticopia, FairPlay, que es el vínculo inequívoco entre iTunes e iPod, una barrera para todos los demás.

¿Usuarios o sellos?

Una de las razones, probablemente la principal, reside en que Apple puede haber alcanzado su cénit como distribuidor de música, estabilizándose en unos 520 millones de temas anuales. Su propia perspectiva empresarial apunta a ser una referencia obligada, pero no la única, del entretenimiento digital, y este objetivo encaja mal con el férreo proteccionismo que practica en su negocio musical. El hogar digital, por supuesto, un mercado mucho más vasto, y para explotarlo Apple tendrá que articular acuerdos con una galaxia también amplia de actores -propietarios de contenidos, fabricantes de electrónica de consumo, distribuidores, etc. -lo que implica que tendrá que su estrategia en la música no le valdrá.

El texto del fundador de Apple hace un guiño a los consumidores, pero sus destinatarios son los cuatro sellos discográficos (Universal, Sony-BMG, Warner y EMI) que controlan la mayor parte del mercado de la música grabada. Indirectamente, busca atenuar el conflicto con los gobiernos europeos (Francia, Alemania, Finlandia y Noruega, entre otros) que le exigen la apertura de su sistema a otros fabricantes.

Cuando Apple decidió lanzar iTunes, en el 2003, la tecnología DRM fue la garantía que convenció a las discográficas, asustadas por la imparable piratería musical, de la conveniencia de ceder sus catálogos a cambio de un reparto de los ingresos de la tienda on line. El negocio ha sido bueno, afortunadamente, pero la hegemonía de Apple le permite marcar las reglas a una industria que de buena gana acogería la llegada de un competidor capaz de romperla. El problema es que hasta Microsoft pinta poco en este negocio: iTunes -y por tanto FairPlay -es la principal fuente de descargas legales a los ordenadores que funcionan bajo Windows.

FairPlay ha servido a Apple para marcar su territorio de manera excluyente: se niega a ceder licencias a otros fabricantes y proveedores de servicios, con el pretexto de que el secreto industrial correría peligro. Es un argumento falaz, porque el sistema ha sido reiteradamente violado, aunque ello está fuera del alcance de un usuario corriente. De hecho, el sistema alternativo de Microsoft, PlayforSecure, ha sido mucho menos violado, pese a que lo utilizan decenas de competidores de Apple.

En su carta abierta, nada dice Jobs acerca del verdadero reproche que merece Apple, la ausencia de compatibilidad entre iTunes y otros reproductores de música. Este es el principal motivo de insatisfacción de la industria discográfica: el muro que Apple ha erigido para proteger su propio negocio y que le confiere una posición de fuerza. Gracias a ella ha podido, entre otras cosas, imponer un precio único -0,99 euros por canción o 9,99 por álbum -aunque las discográficas preferirían establecer tarifas diferentes para abaratar sus temas antiguos y encarecer las novedades. También ha podido negarse tercamente a contemplar la fórmula de suscripción, que según la otra parte sería un estímulo para el consumo legal de música on line.

Otra observación de Jobs merece ser comentada. La mayor parte de la música que se vende está grabada en formato CD, sin restricciones a la copia -los DVD las tienen, pero se sabe desde hace años cómo anularlas -a lo que se podría replicar que los precios de iTunes se parecen demasiado a los de un CD para que sean un aliciente: en pocos minutos, un internauta puede encontrar y descargar gratuitamente los mismos contenidos que vende la tienda de Apple, ¿quién se resistiría? Al mismo tiempo, es preciso reconocer que los precios inferiores de sus competidores (entre 6 y 15 euros por mes, según los casos) no son un factor suficiente para arrebatar cuota de mercado al líder.

Ocurre, sin embargo, que el año pasado las ventas de iTunes se estancaron , mientras las de CD caían un 5%. A menos que los consumidores estén hartos de música, esto sugiere que las descargas no autorizadas crecen. Para esta dinámica del mercado, la industria no ha sabido encontrar respuestas -la represión ha fracasado -pero le gustaría tenerlas, y algunos de sus ejecutivos hablan abiertamente de reconocer la realidad: el futuro seraá dominado por las descargas on line, y la preparación para ese día exige ajustar las clavijas a Apple. "Una de las razones por las que los ejecutivos de las discográficas aceptarían revisar sus nociones tradicionales es que están hartos del control de Apple y de su cerrazón a contemplar cualquier cambio de modelo", opina Mark Mulligan, analista de Jupiter Research.

Si se eliminaran los sistemas DRM-piensa un62% de los ejecutivos de esta industria -y los usuarios pudieran descargar música a cualquier reproductor en formato mp3, el mercado experimentaría un vuelco, aunque inicialmente se correría el riesgo de incitar la ilegalidad. De momento, sólo los sellos independientes se inclinan por llevar esta propuesta a la práctica, pero difícilmente podrían hacerlo solos. El más vulnerable de los cuatro grandes, EMI, es también el único que proclama su disposición a negociar un DRM menos restrictivo, a condición de recibir una compensación por el riesgo consiguiente, un compromiso que nadie parece dispuesto a asumir.

Norberto Gallego, La Vanguardia
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