Blogia
CAPACITACION EN COSTOS Y GESTION

Cuando Ignacio no supo qué decir (y otras yerbas)

Tomar mate es una costumbre con un fuerte condimento social. En Paraguay, Uruguay y algunas provincias argentinas, como Corrientes y Misiones, el mate está presente no solo en reuniones entre amigos o familiares, sino también en las más formales reuniones de trabajo o de negocios. En una ronda de mate, la charla, las bromas, las risas y las ideas son las grandes protagonistas.

Quizás por ese motivo cuando Ignacio vio llegar a cada uno de los cinco directores con su propio mate y su propio termo entendió que la reunión que estaba por comenzar no tendría como centro el qué se dice, sino el cómo se dice. Los símbolos hablan y en ocasiones dicen mas cosas que las propias palabras. A esa altura, Ignacio ya había recibido un mensaje contundente. Comenzada la reunión, las intervenciones de los directores siguieron la línea del mate propio, cada uno decía lo suyo, se reafirmaba en su propia idea, no recibía de los demás, no compartía lo propio, solo cumplía con su turno. El tiempo de cada uno se consumió, y en la mesa solo quedaron cinco recipientes con los restos de la yerba utilizada, en platos separados.

Ahora era el turno de Ignacio, pero no sabía que decir. Sabía que con la idea no alcanzaría, en su cabeza se instaló la palabra persuasión.

Estas escenas ilustran el problema de la comunicación en el interior de la empresa. Desde el intercambio de datos brutos hasta los refinamientos del arte de la persuasión, la comunicación se encuentra omnipresente en la vida corporativa. No es novedad para nadie que, en la nueva economía, el conocimiento es la clave de las ventajas competitivas.

Pero, estrictamente, el conocimiento por sí solo no es nada. Según el filósofo alemán, Jürgen Habermas, la racionalidad no radica en la posesión de conocimiento sino en su intercambio entre las personas. Sin comunicación, no hay racionalidad. Cuando existen trabas en los circuitos de comunicación, la racionalidad se desvanece ante el caos. Aplicado al caso de las empresas, los cortocircuitos en la comunicación entre departamentos impiden que las mejores prácticas se expandan a lo largo y ancho de la empresa.

En su libro "La Brecha entre el Saber y el Hacer", el célebre gurú de Stanford, Jeffrey Pfeffer, cita un estudio realizado en 42 fábricas alimenticias de una misma empresa. A pesar de aplicar similares procedimientos y tecnología, había una diferencia de un 300% entre los rendimientos de las mejores y las peores fábricas. Incluso, aunque las dos plantas estuvieran una enfrente de la otra, conseguir que cada una imitara las mejores prácticas era una tarea hercúlea.

Tal vez, la razón de esta dificultad reside en una segunda acepción de la comunicación: la persuasión. En su Retórica, Aristóteles declamó que el arduo camino hacia la verdad atraviesa necesariamente los campos de la comunicación y la persuasión. El conocimiento no es suficiente. Para crear una diferencia en el mundo, es necesario comunicarlo con elegancia y precisión. Comunicar no es sólo decir. Comunicar es compartir, identificarse, apasionarse y liderar.

En sus estudios sobre la retórica, el filósofo danés Soren Kierkegaard criticaba a la sociedad capitalista moderna por su tendencia a producir individuos uniformes, fabricados a partir de un mismo prototipo. Para rescatar la verdadera individualidad de las personas, Kierkegaard reivindicaba la figura de Sócrates. Las irónicas preguntas del gran filósofo atacaban el conocimiento convencional de sus interlocutores y los instaba a emprender la búsqueda de su propia verdad. En definitiva, quizá comunicar no tenga nada que ver con transmitir información. Tal vez, en realidad, la esencia de la comunicación sea la capacidad de formular las preguntas correctas para interconectar posiciones y rescatar la diversidad y la individualidad. Romper con el esquema del mate propio y reinstalar una rueda en donde el mate circule.

Manuel Sbdar, Director de Educación Ejecutiva, Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella

0 comentarios