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CAPACITACION EN COSTOS Y GESTION

China, el milenario adiós a la pobreza

Se declara socialista, pero la China de hoy se ha convertido en el alumno más aplicado del capitalismo y se prepara para ser pronto la segunda economía del mundo.

Una espesa niebla envuelve a Beijing. Es la mezcla del humo del carbón, el polvo de alguna cercana tormenta de arena y la bruma cotidiana, que a lo lejos hacen invisible la ciudad. Desde el 11-S las rutas aéreas han cambiado y ningún avión sobrevuela la urbe antes de llegar al Aeropuerto Internacional de Beijing, gigantesca estructura que mueve a 100.000 pasajeros al día.

La ciudad está a 30 kilómetros, y todo el recorrido desde el aeropuerto está forrado de banderas de colores, grandes globos rojos jugando con el viento cada diez metros, enormes fotografías de paisajes, leones, rinocerontes, avestruces, cebras, jirafas y tribus africanas… “¿Está seguro de que nos encontramos en Beijing?”, se me antoja preguntarle al conductor del vehículo, pero no tiene razón de ser. Un interminable silencio respetuoso es lo único que nos comunica ante nuestra completa ignorancia, él de inglés y yo de chino.

Beijing espera a más de 40 presidentes y líderes africanos para la cumbre chino-africana y la propaganda oficial se ha tomado muy en serio el evento. En realidad, China misma ha decidido tomarse muy en serio el asunto de sus relaciones con el resto del mundo.

Las emblemáticas jirafas de las gigantografías no son los únicos animales que parecen haber invadido Beijing. Hay otros que están aún más extendidos, aparecen allí donde se dirige la mirada y se levantan imponentes, por encima incluso de las más altas edificaciones. Son las extraordinarias grúas amarillas, como salidas de una película de Steven Spielberg, y parecen animales con cabezas multiformes que arman una jungla metálica. Están allí construyendo los rascacielos chinos.

“Creo que no debieras sorprenderte tanto con Beijing. Espera a conocer Shanghai para que veas cómo se construye de verdad en una ciudad”, dice Wang Mengchun, la guía e intérprete del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, ante mi asombro.

Julia, el nombre que Wang Mengchun eligió para trabajar con los invitados latinoamericanos del Gobierno chino, tiene 21 años y domina un perfecto español de zetas, además del inglés.

A diferencia de ella y de cada vez más jóvenes profesionales, la mayoría de los chinos no habla otra cosa que no sea su idioma. Por eso, tomar un taxi podría convertirse en una experiencia imposible de no ser por el papel donde el conserje del hotel escribe en chino la dirección a la que se quiere llegar. En el destino, el recibo del taxímetro y el dedo índice del conductor son la única referencia de cuánto es lo que hay que pagar.

El taxista parece indiferente a la mutación de su ciudad, pero el cambio es evidente. No sólo por las construcciones. La presencia de grandes letreros de las marcas globales, desde Pizza Hut hasta Hugo Boss, Giorgio Armani, Louis Vuitton, Audi o Mercedes Benz, muestra en las calles los resultados de la reforma y apertura económica de 1978, y de la adopción, en 1992, de la estructura de “economía de mercado socialista”, cambios impulsados por el entonces presidente Deng Xiaoping.

Hace 14 años, el Partido Comunista de China —en el gobierno desde 1949, momento en el que triunfó la revolución de Mao Zedong (antes Tse Tung) y se fundó la República Popular China—, aplicó para su país la economía de mercado, lo que estableció una estructura empresarial moderna, organizada en función de las exigencias de este modelo, y produjo la apertura y conexión de los mercados nacional e internacional.

Hasta 1978, China tenía un modelo de economía planificada que le dio un interesante resultado, pero apenas durante diez años. Después, mostró sus serias falencias porque el sistema anulaba la iniciativa personal, hacía ineficiente la producción y restaba competitividad internacional.

“Durante más de 30 años pusimos demasiado énfasis en la equidad. Y eso afectó a la eficiencia de nuestra sociedad. Por eso no se logró un desarrollo adecuado en China”, admite en Beijing el ministro asistente de la Cancillería, Kong Quan, ante un grupo de periodistas de América Latina invitados por el Gobierno chino.

En este período se inscribe la llamada “revolución cultural” china (1966-1976), un período caracterizado por las pugnas por el poder, y conocido también como “la década de los disturbios”.

“La revolución cultural fue un error que terminó por retrasar diez años el desarrollo económico de China”, dice Qian Xiaoqian, viceministro de la Oficina de Información del Consejo de Estado.

En cambio, en los 28 años de la apertura los avances se cuentan con tantos ceros que es fácil perderse. “En este tiempo, las inversiones extranjeras atraídas por China acumulan 600.000 millones de dólares, y cada año se ingresan 60.000 millones de dólares por las nuevas inversiones”, comenta Li Tian, director de la oficina para Relaciones con América y Oceanía del Ministerio de Comercio.

“Atraer inversiones y otorgarles toda la seguridad jurídica necesaria a los inversionistas es una política para el beneficio mutuo”, asegura además este funcionario.

Con ese nivel de inversiones extranjeras y un sistema capitalista abierto al que las autoridades prefieren llamar “economía de mercado socialista”, China ha logrado sacar a más de 250 millones de chinos de la pobreza. Aún quedan 23 millones de personas en situación de pobreza, según el estándar chino, lo que equivale a unos 200 millones de pobres en el estándar de las Naciones Unidas, por el que pobre es aquel que percibe menos de un dólar por día.

El milagro chino tiene en Deng Xiaoping a su principal gestor, líder que creó una frase conocida en todas partes: “No importa si el gato es blanco o negro; mientras cace ratones será un buen gato”.

Pero el chino más famoso y conocido en el mundo y en China no es Deng Xiaoping, sino Mao Zedong. Su retrato aún cuelga en el ingreso del Palacio Imperial o Ciudad Prohibida —allí donde por más de 500 años, hasta la revolución de 1911, vivían los emperadores chinos, en un espacio tan grande que alcanzó incluso para que uno de ellos tuviera allí a sus 3.000 esposas y a todo el servicio.

La imagen de Mao figura también en los billetes del Yuan, la maravilla económica china de hoy. “Ante tan evidente desarrollo capitalista al que ustedes llaman economía de mercado socialista, ¿qué cree usted que diría Mao si se levantara de su mausoleo?”, pregunta provocador un periodista latinoamericano al viceministro Qian Xiaoqian en la azul sala de prensa desde donde los voceros del Gobierno le hablan a la prensa china. “Por suerte, usted y yo sabemos que eso no va a ocurrir nunca”, responde divertido el funcionario. Pero recupera en seguida la seriedad para hacer una precisión: “Para los jóvenes de hoy, Mao significa la liberación y el inicio del desarrollo de China”.

En Beijing, Mao continúa en el centro del simbolismo chino. Cada día, miles y miles de ciudadanos chinos que llegan del interior hacen largas filas para pasar junto a su cadáver embalsamado y conservado en un sarcófago de vidrio, allí, en el extremo de la Plaza Tiananmen opuesto a la Ciudad Prohibida. Tras los muchos minutos de espera, los seguidores llenan una sala con ramos de flores amarillas en su honor y después caminan unos segundos junto al cuerpo del líder de la revolución.

A la salida de esa experiencia sobrecogedora, vuelve el mercado. Ahí, a escasos cinco metros a espaldas del cuerpo embalsamado, está el intenso y bullicioso comercio de souvenirs, que ofrece llaveros, pisapapeles, retratos, cofres e insignias con la imagen de Mao.

“¿Y tú a quién prefieres, a Mao o a Deng Xiaoping?”, le consulta otro periodista latinoamericano a He Fenhua, funcionaria del Departamento de Información de la Cancillería, que ha adoptado informalmente el nombre de Diana. “No es posible elegir. Ambos resultan importantes para nosotros. “Mao nos dio la libertad; y el presidente Den Xiao Ping nos mostró el camino del desarrollo económico. La mayoría de los chinos vemos de esa forma a ambos presidentes”.

Allí, frente al mausoleo de Mao, en plena Plaza Tiananmen, circula diariamente una buena parte de esa mayoría de chinos, haciendo turismo. Por donde se levante la mirada, hay grupos de ciudadanos, principalmente de la tercera edad, posando ante sus cámaras digitales de última generación.

Casi todos ellos vienen por primera vez de alguna región del interior de la República a conocer Tiananmen, la plaza más grande del mundo, capaz de albergar a más de un millón de personas; a pasear por la Ciudad Prohibida de los emperadores o para subir hasta la Gran Muralla China en algún punto cercano a la capital.

Los jóvenes transitan más por donde mandan la modernidad y el comercio. Con sus iPod y auriculares, visten a la última moda de París o Nueva York, son hijos únicos de sus familias y no conocen el marxismo-leninismo más que por referencias de sus padres y la educación que reciben, pero no creen en ese pensamiento, aunque lo respetan disciplinadamente, y hasta lo defienden… con indiferencia.

Ellos están más bien mirando al mundo, preparándose para conquistarlo, porque saben que hace apenas 24 años China ocupaba el puesto 50 en el ranking del PIB en el mundo y en el 2005 pasó a ser la cuarta economía del mundo, con un PIB de 2 billones 260 mil millones de dólares, después de los Estados Unidos, Japón y Alemania.

Y si se cumplen las previsiones del prestigioso Grupo Financiero Goldman Sachs Inc., el año 2015 China será la segunda economía del mundo después de EEUU, y en el 2039 estará en el primer lugar.

Sin embargo, los funcionarios chinos del Gobierno de Beijing se empeñan en mirar y mostrar con cautela los resultados del milagro chino. “Estamos frente a un camino que aún será muy largo”, previene el director de la oficina para Relaciones con América y Oceanía del Ministerio de Comercio.

“Hay lugares de China donde la gente debe caminar hasta cinco kilómetros para conseguir agua potable”, reconoce Li Tian, pero a la vez anuncia con mucho orgullo que el año 2050 China tendrá un nivel de vida de país desarrollado.

En realidad, China todavía es un país en vías de desarrollo alerta Kong Quan, el ministro asistente de la Cancillería china. “Lo que pasa es que Beijing y Shanghai dan la impresión de que China ya es un país que está desarrollado”.

Y así es. Si Beijing deja la sensación de una ciudad que aun conservando su identidad de 5.000 años de civilización y cultura ha dado el salto hacia la modernidad, Shanghai es el futuro traído al 2006. Los neones con las marcas más globales del planeta y sus enormes rascacielos dan la sensación de que sus arquitectos la crearon, en los últimos 20 años, después de admirar ciudad Gótica en alguna versión de Batman.

Juan Carlos Rocha C.
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