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CAPACITACION EN COSTOS Y GESTION

Mordidita a la Gran Manzana

Dos días no bastan para mostrar la energía de sus 19 millones de habitantes | Además es tan ‘fotogénica’ que cada rincón merece ser visto. El reportaje —mezcla de caminata y sociología de aficionado— pretende ser una pequeña postal de la capital del mundo

No hay que tocar a un neoyorquino. En una zona concurrida como la Quinta Avenida, los roces accidentales son inevitables, pero quien se detiene a verlos pasar escuchará cómo del río humano que mira los escaparates y las luces de la ciudad surge, de rato en rato, una palabra que se repite. "Sorry, sorry, sorry", dice esta bandada de compradores, asegurándose unos a otros que el roce ha sido involuntario.

No hay que ser sociólogo para entender por qué los peatones, con este corto: "Lo siento", anuncian que no son una amenaza, que no ha sido su intención perturbar la intimidad del otro, sino algo que perdieron un 11 de septiembre: su seguridad. "Ese día, todos caminábamos como zombies", cuenta Victoria Struni, una cruceña que ha vivido tres décadas en la ciudad.

"No fueron sólo las torres. También cayó algo aquí adentro —reflexiona el taxista, tocando su sien con el índice—. No sé si debo decirlo, pero no sé si alguna vez volveremos a ser como antes". Y ya que estamos en el taxi, en un rápido recorrido por Manhattan rumbo a la librería más grande del mundo (la Barnes & Noble), hay que aprovechar para hablar de esa cuasi leyenda urbana que es el taxista de Nueva York.

En las tiendas de recuerdos hay poleras con esta frase: "Yo sobreviví a una carrera de taxi en NY". También hay autitos amarillos de todos los tamaños, llaveritos, postales. ¿Son ustedes tan terribles? "¡Ja, ja!", ríe Khaled, que llegó hace 12 años de Bangladesh. "Eso era antes, pero ahora, los ‘hacks’ hemos cambiado". ‘Hack’ es un nombre medio cariñoso, medio despectivo que se les da a los taxistas.

LA BELLA Y LA BESTIA

Se puede traducir la palabra hack de muchas formas, pero la más aproximada es la palabra ‘tachero’. Bueno, los ‘tacheros’ han cambiado, según Khaled. Ahora reciben un curso antes de montar en una de esas máquinas amarillas y aprenden no sólo normas de ética y etiqueta, sino trucos para desempeñarme mejor en el oficio. "Esta es una de las pocas ciudades de este país donde usted encuentra un taxi a las tres de la mañana. A esa hora, un pasajero tal vez no quiera hablar, y hay que respetarlo. Pero si habla, quizá le cuente que en ese lugar hay una fiesta con 90 personas, y listo, sólo hay que volver y esperar al siguiente para hacer una buena renta. Ese truco no se aprende en los cursos. Sólo en las calles", cuenta.

"El que no cambia es el pasajero", comenta Khaleb. Su anécdota muestra que la agudeza y cierto toque altivo no se ha perdido en el habitante de la City. Un día de lluvia, Khaleb vio que un pasajero corrió para subir al taxi. En ese momento, una hermosa mujer salió de un hotel casi tropezando y ahogada por la prisa. El hombre, galante, le dijo mientras le cedía su puesto: "Corrí mucho para detenerle el taxi"; con desenvoltura, ella le respondió: "Está bien, pero se atrasó".

Khaled es parte de una de las sucesivas olas de migrantes que se apoderaron de los taxis: los italianos, los latinos, los indios y bengalíes, y ahora, últimamente, los asiáticos del sudeste. Eso indica que este oficio, en el que no se gana mucho, es sólo un peldaño para luego, con algunos estudios o un mejor dominio del inglés, llegar a un trabajo mejor remunerado. Ganar 200 dólares en un día no es atractivo para un ciudad tan cara. Con 120 para combustible y alquiler del taxi, quedan sólo 80 para comida, familia, renta del cuarto, educación...

UN APARTAMENTITO FRENTE AL PARQUE

Para tener una idea del costo de vida, visitamos un edificio de departamentos recién concluido. Está justo frente de Central Park, ese espacio tantas veces mostrado en las películas. Este paseo, que recibe cada año a 26 millones de personas, fue diseñado en 1858. Tiene más de 60 kilómetros de caminos, diez para recorrer en bicicleta, 26.000 árboles, 345 hectáreas, lagos y, sorpresa, estatuas de José de San Martín, Simón Bolívar y, más increíble aún, José Martí. Sí, el Martí que dijo haber conocido al monstruo —ya saben a qué país se refería— por dentro. Un alarde de tolerancia. Y está la estatua de Lennon y ahí se presenta anualmente, en un concierto gratuito, la Filarmónica y la Ópera Metropolitana. El parque tiene su propia policía, restaurantes, una unidad de bomberos y otra de emergencias médicas. En fin, todo esto se menciona para justificar, de algún modo, los 2,5 millones de dólares que cuesta un departamento al frente del parque. Algunos llegan a costar seis millones.

PODEROSO PANCHITO

Pese a que en el corazón de cada habitante hay una Zona Cero, nombre que ahora tiene el sitio donde estaba el World Trade Center, el ambiente navideño se ha apoderado de la Gran Manzana. La Casa Cartier (relojes de 10.000 dólares o menos), un pequeño edificio de siete plantas, está envuelto en un gigantesco listón rojo con cajas de regalo que, al abrirse, dejan escapar una música que se extiende por la Quinta Avenida. Cerca de ahí está el edificio Top of the Rock, donde ya se ha armado el tradicional árbol de Navidad y un arreglo de ángeles blancos anuncia, con silentes trompetas, que ya es hora de alegrarse, de amar... un par de enamorados no deja de hacerse arrumacos. "Mira a ésos", comenta, divertido, alguien con acento caribeño. Cerca del Radio City Music Hall hay un hermoso arreglo de arbolitos iluminados y enormes bolas navideñas. Los novios se besan interminablemente y se toman fotografías. Ahora sí que rozarse accidentalmente no importa. En este ambiente nació la serie Sex and the City, inspirada en el libro de una periodista. Cuatro mujeres atrajeron la atención de los citadinos, que de pronto las escucharon hablar de temas tabú como el sabor del semen o el sexo oral y sus reglas de etiqueta. Fueron las primeras mujeres ‘políticamente correctas’ en decir que no hay nada malo en tener más de 30 y estar aún solteras.

VIEJO HOMBRE DEL SAXO

Dos palabras acerca del Radio City Music Hall. Es, quizá, el teatro más grande del mundo, con sus 6.000 asientos. Ahí se presentaron las películas King Kong (la primera de ellas), El Rey León, y muchas más. Basta nombrar a un famoso para saber quiénes estuvieron ahí. Bill Cosby, José Carreras, el jazzman Count Basie.

A pocas cuadras, ‘El Conde’ toca algo de jazz. "Si me vas a citar, sólo poné The Count", pide. Encantado. Además, toca un pedacito de Sleepy hour, del gran Satchmo, y se gana un dólar. Su vieja maleta está rebosante de billetes y monedas. Tiene tiempo para una pausa. Vive en Coney Island, un lugar históricamente poco recomendable para turistas que él, empero, me aconseja. "Ahí hay gente de verdad. No será elegante, pero es muy, muy neoyorquino". La gente solía ir a la playa hasta los 60, pero en la década de los 70, los puestitos de pipoca fueron dejando el paso a silenciosos dealers que ofrecían cocaína.

En los 70 la ciudad cimentó su fama de violenta e insegura. "Te van a ofrecer comida y sexo, pero hay un juego que consiste en disparar a un tipo en la cabeza". A esta altura, comparte con el cronista el tradicional hot dog en un carrito callejero. Promete dar detalles.

LIBRERÍAS, MUSEOS Y DIAMANTES

Dicen que nunca se termina de ver Central Park y que son necesarias tres semanas para ver todo el Museo de Arte Contemporáneo. Para ver lo que hay en una de las sucursales de Barnes & Noble, proclamada como la librería más grande del mundo, una vida es insuficiente. Parece una ciudad muy lectora. En el metro o en el bus se cuentan fácilmente hasta diez personas leyendo, contra una o dos en Miami. Pese a eso, el 58% de los adultos estadounidenses no leyó un solo libro después de los años de la educación media superior, según un estudio, y el 68% nunca ha entrado a una librería. El laberinto borgesiano de la Barnes & Noble tiene líneas de colores en el piso para que los clientes no se extravíen al visitar las secciones de ciencia, historia, novela... no hace falta hablar más de este desmesurado pero elegante sitio, porque más desmesurada y más elegante es la calle de los diamantes, donde hay negocios del tamaño de un supermercado, sólo que cada baratija —perdón por la ofensa— cuesta miles. Anillo de compromiso, 1.500 dólares. Collar de perlas, 15 veces más. La mayoría de los negocios pertenecen a judíos. Se los ve con frecuencia en la calle, envueltos en sus largos levitones negros, con el conservador sombrero del mismo tono y las guedejas de pelo ensortijado que se columpian sobre sus rostros. Algunos no quieren hablar, pero otros, ante la cámara, preguntan: “¿Vos sos judío?”. Tal vez, nunca se sabe. Uno sugiere no entrar a las tiendas de diamantes y probar la comida, que es sorprendentemente deliciosa. “¿Bolivia? Ah, sí. Evo Morales. Habló hace poco en Naciones Unidas”. No hay tiempo para charlar mucho. Hay que ver un poco de Broadway y preguntarse por qué los musicales gustan tanto. Ha vuelto Les Misérables, pero también Tarzán, El Rey León y Mamma Mía. Sigue en cartelera, desde 1988, El fantasma de la ópera. Todo un récord. Once millones lo han visto. ¿Será que pese al iPod los neoyorquinos necesitan música en sus vidas? Es una pregunta tonta. Mejor será averiguar en qué consiste ese juego de dispararle a un tipo en la cabeza. Si ven al ‘Conde’ en la calle, invítenle un panchito y les contará.

Texto Javier Méndez Vedia. New York
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